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Edurne Pasaban, la primera mujer que conquistó la cumbre de los 14 'ochomiles' del planeta celebra ahora los diez años de ese logro. EFE/Ramón Gabriel.

Edurne Pasaban: «Tuve que escalar seis ‘ochomiles’ para llegar a tener confianza en mí misma»

La alpinista vasca celebra el décimo aniversario de su conquista de los 14 'ochomiles', las montañas más altas de la Tierra. Edurne Pasaban nos habla en esta entrevista de los retos a los que se ha enfrentado y cómo se ha reinventado durante estos diez años.

El 17 de mayo de 2010, Edurne Pasaban (Tolosa, 46 años) alcanzó la cumbre del Shisha Pangma, en el Himalaya. Con ello, coronaba una gesta heroica: se convertía en la primera mujer que conquistaba los 14 ochomiles del planeta. La aventura había empezado en 2001, cuando alcanzó el Everest. Ahora, en el décimo aniversario de su hazaña, hablamos con la alpinista vasca sobre los retos, la superación, la reinvención y el deporte femenino. Edurne Pasaban es todo un ejemplo de superación.

¿Cómo has pasado el confinamiento y cómo estás llevando la desescalada?

El confinamiento, como todo el mundo. No ha sido fácil para nadie. Aunque es verdad que tengo un niño de tres años y eso lo ha hecho un poco más difícil. Pero, ahora, la desescalada, bastante bien. Yo me encuentro en el Valle de Arán. Aquí somos menos de 5.000 habitantes y ya estamos en la fase 1. Tenemos más libertad que si estuviésemos, por ejemplo, en el centro de Madrid o de alguna otra gran ciudad. No tenemos horarios ni nada. En eso me siento afortunada. Ahora, en cuanto termine contigo, me voy a poner las zapatillas y me voy a ir por ahí.

 

«Cuando empecé a escalar en el Himalaya tenía 23 años y estaba en un entorno totalmente de hombres, gente mayor que yo, con experiencia, y a mí me veían como la becaria que viene a escalar».

 

¿Cómo consigue aguantar este encierro alguien como tú, acostumbrado a estar en lugares inmensos?

Bueno, como todos. Aunque no sea lo mismo, nosotros estábamos un poco acostumbrados a estar confinados cuando íbamos a la montaña. Muchas veces nevaba mucho y teníamos que estar dos semanas dentro de una tienda de campaña de dos por dos metros y aguantábamos. Es verdad que a aquello íbamos preparados, ya sabíamos a lo que nos enfrentábamos, pero aquí ha sido diferente: de repente un día ya no nos dejaban salir. Así que ahora he intentado traer aquella experiencia y eso ha sido clave a la hora de afrontar este confinamiento en casa. Planificar, tener horarios, me ha ayudado mucho.

Has comparado el virus con ascender un ‘ochomil’.

Sí, sobre todo el momento de la desescalada. Cuando estás subiendo lo único que quieres es llegar a la cumbre. Nosotros ya hemos girado esa cumbre de contagios, pero para mí lo más difícil siempre ha sido bajar de una montaña. Para subirla haces mucho esfuerzo, pones toda tu energía, y cuando has conseguido el objetivo empiezas a descender, te relajas, ya vas cansado, llevas mucho recorrido hecho y solo quieres que aquello termine. Y esa es la desescalada que estamos viviendo. Ya llevamos muchas semanas en casa, ahora empieza la desescalada y todo el mundo tiene muchas ganas de que esto termine, de que vuelva a ser lo que era, que podamos irnos a tomar una cerveza con la familia, pero ahí es cuando más cuidado hay que tener. Los mayores accidentes en la montaña siempre ocurren en el descenso. Ahora es cuando más atentos tenemos que estar.

El domingo pasado hubo un encuentro por YouTube con algunos de los compañeros que te han acompañado durante estos años. Estaban los alpinistas Ferrán Latorre, Asier Izagirre, Alex Txikon, Juanito Oiarzabal, Silvio Mondinelli y el creador del programa de TVE Al filo de lo imposible, Sebastián Álvaro. ¿Habrá una celebración a lo grande en persona?

Sí, tengo muchas ganas de juntarme con toda esa gente que estuvo conmigo durante esos diez años. En el momento que ha ocurrido solo hemos podido hacer ese encuentro por YouTube, pero sí porque, aparte de que hay muchas ganas de hacer estas cosas, también las hay de celebrar el décimo aniversario.

Estás en la cumbre del Shisha Pangma. Es 17 de mayo de 2010. ¿Qué se te pasa por la cabeza? ¿Hay un sentimiento épico o estás ocupada en cosas más prácticas?

Cuando empecé a escalar, antes de hacer montañas de 8.000 metros, pensaba: «Jo, aquello debe de ser súper épico, llegaré a la cumbre, lloraré, me abrazaré a mis colegas…». Y no fue así. Fue más bien: «Venga, vamos a movernos, hay que bajar cuanto antes de aquí». En aquel momento para mí fue un poco decepcionante. Aunque la última cumbre, el 17 de mayo de 2010, cuando terminé los 14 ‘ochomiles’, sentí mucha satisfacción. Pensé: «Buah, todos estos años y todo este trabajo para conseguir los catorce ya están terminados».

Supongo que la sensación extraña viene cuando bajas, llegas a casa y dices: ¿y ahora qué?

Sí, un vacío… No te puedes imaginar. Durante diez años de tu vida te has dedicado a un objetivo grande y claro: un camino, 14 montañas. Las ibas quitando de una lista a medida que las realizabas. Y de repente, ya es que ni al volver a casa, en el campamento base del Shisha Pangma, dices: «¿Y ahora qué vamos a hacer?». Yo siempre digo que si en aquel momento me hubieran dicho que todavía faltaban dos ‘ochomiles’ más me hubiesen hecho un favor.

Has dicho: «En estos 10 años he tenido que reinventarme y buscar la felicidad». ¿La has encontrado?

Sí. A ver, hay cosas que no te llenan igual que una montaña de 8.000 metros o todo lo que viví durante aquellos años, pero lo importante es saber buscar el camino en momentos diferentes. El camino de los catorce ‘ochomiles’ e intentar ser profesional en un deporte como el mío no fue fácil, tuvo momentos mejores y peores, pero también me ayudó a que el día después, estos diez últimos años, los haya mirado de manera diferente. He aprovechado las oportunidades que han salido y al final he hecho una reflexión: ¿qué es para mí ser feliz? Y ser feliz es muy poco: ser madre, algo que no había podido hacer los años de mis ‘ochomiles’, y buscar el equilibrio entre lo que a mí me gusta hacer y el día a día.

Durante estos últimos años te has reinventado. Tienes tu propia agencia de turismo de aventura, Kabi Travels, y das charlas sobre superación personal. En estos tiempos inciertos mucha gente estará pensando en reinventarse. ¿Por dónde empezar?

Este es un momento complicado. Mucha gente se encuentra en una situación difícil, su estructura se ha caído o no sabe cómo seguir. Es difícil enviarles un mensaje de motivación. Ahora es importante tener una visión a corto plazo porque vivimos en la incertidumbre. No sabemos cuándo van a abrir las fronteras, cuándo vamos a poder movernos, cuándo vamos a pasar de fase. Hay que dejar pasar este primer momento y, más adelante, quizá es la oportunidad de que cada uno haga una reflexión: la vida nos ha cogido y nos ha zarandeado, pero el camino en el que yo estaba, ¿era el bueno? ¿Era feliz? Pero eso es para la gente que tenga la posibilidad de hacerlo, porque muchos de los que nos lean o escuchen no van a tener tantas oportunidades. A esa gente es mucho más difícil enviarle un mensaje.

Sebastián Álvaro, creador de Al filo de lo imposible y compañero tuyo de escalada, ha dicho: «Para una mujer, un mundo tan varonil como el alpinismo es muy duro, así que cuando Edurne acabó los 14 ‘ochomiles’ me pareció que se hacía una especie de justicia poética». ¿Sientes que has tenido que demostrar el doble por ser mujer?

No sé si el doble, pero que he tenido que demostrar mucho más por ser mujer, sí. Al principio tuve que hacer un camino. Cuando empecé a escalar en el Himalaya tenía 23 años y estaba en un entorno totalmente de hombres, gente mayor que yo, con experiencia, y a mí me veían como la becaria que viene a escalar. Tuve que escuchar muchas cosas, comparaciones: «Si esta puede subir ahí arriba por qué no voy a poder hacerlo yo». No sabían la preparación que yo tenía, a lo mejor había entrenado más que ellos. Luego, hay una cosa que las mujeres no tenemos que perder: creer en nosotras mismas. Yo tuve que escalar seis ‘ochomiles’ para llegar a tener esa confianza. La gané después de subir el K2, que es la montaña más difícil del mundo. Lo necesitaba. A veces las mujeres necesitamos ese tipo de acciones para creer en nosotras mismas. Ese trabajo tenemos que seguir haciéndolo.

Cada vez hay más mujeres en la escalada.

Sí. Es verdad que cuando yo comencé, en 1998, no se hacía mucho caso al deporte femenino, y eso tenía como consecuencia que las mujeres tampoco practicaran tanto deporte. En estos últimos años, hay más mujeres haciendo deporte y también en el mundo del alpinismo.

Pero en el deporte femenino aún hay muchas cosas que conquistar. Lo hemos visto en el fútbol femenino.

Estamos mejor que nuestras abuelas, pero todavía queda muchísimo recorrido por hacer en el deporte, en el mundo de la empresa… en muchos sectores. Y muchas de nosotras todavía tenemos que seguir demostrando que lo nuestro también es interesante.

En tu gesta destacas siempre la importancia que tuvieron tus compañeros. ¿Qué vínculo se llega a crear entre vosotros cuándo estáis en la montaña?

Muy grande. Las cosas que se viven en una montaña son muy intensas, hay mucha cercanía. Vives al extremo y muchas veces necesitas de ellos y ellos necesitan de ti. Puedes tener una relación de hermano. Para mí es lo mejor que tenía. Y nunca me sentí diferente. Tuve suerte porque mis compañeros me trataron como a uno más y eso es muy importante para una mujer que se enfrenta al reto al que yo me enfrenté. Ellos cogían mi reto como su propio reto. Hay que ser muy humilde para aceptar esto.

 

Tuve suerte porque mis compañeros me trataron como a uno más y eso es muy importante para una mujer que se enfrenta al reto al que yo me enfrenté. Ellos cogían mi reto como su propio reto. Hay que ser muy humilde para aceptar esto.

 

Quizá lo que tienen que hacer los hombres es quitarse la coraza de macho alfa.

Es que es algo cultural. Seguro que yo cometo mil errores cuando educo a mi hijo, que es un niño. Todavía fomentamos a ese macho alfa. Es una cuestión muy difícil de cambiar en generaciones, necesita su tiempo. Pero creo que se están haciendo bien las cosas. Estamos en el camino. Si nunca se empieza, nunca se termina.

Tu hijo Max tiene ahora 3 años. ¿Le vas a inculcar la misma pasión por la aventura?

Bueno, yo le enseñaré lo que he vivido y, además, alrededor de mí siempre hay monte. Mi hijo me ve entrenando, subo al monte y me dice que quiere subir conmigo, luego ya veremos cuando tenga que elegir. Que haga lo que quiera, que sea feliz y encuentre su camino. Lo mejor que hicieron mis padres fue apoyarme en lo que quería hacer.

¿Los alpinistas tenéis conciencia ecológica por deformación profesional?

Quizá es porque lo vivimos y lo palpamos. Vemos la realidad. En 1998 me fui por primera vez al Himalaya y escalé una montaña que se llama Dhaulagiri. Volví diez años después, en 2008, y aquello había cambiado. Un glaciar había desaparecido, tenía que ir 250 metros más arriba de donde empezaba la ruta porque no había nieve en esa distancia… Al estar en contacto con la naturaleza, nos avisa. Algo está pasando y el cambio climático es una realidad.

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